sábado, 3 de marzo de 2012


Se puso su gorro sobre el pelo todavía mojado. Se colgó las llaves al cuello y cogió su iPod, lista aleatoria número 2.  Paolo cantándole al oído. No olvidó la bolsita con comida para ella y las palomas y salió de casa. El frío arranco todo pensamiento.  Las orejas se le congelaban cada vez más. Le encantaba esa sensación de frío. Comenzó a caminar sin rumbo por aquellas calles lejanas, pero que ya conocía. No había vida en la ciudad a esas horas, el sol sólo se presentía y las farolas continuaban encendidas. Era como si el frío congelara todos los problemas y los atrapara en lo más hondo de su mente. Volaba a otro mundo.  Se sentía diferente en esa ciudad.

Caminó durante horas, como cada mañana, no iba a ningún lugar en especial, pero sabía dónde acabaría. Escuchando a aquel guitarrista, quizás tan solitario como ella.
Le gusta demasiado la soledad madrileña. Escuchar música como si se tratase de la banda sonora de su vida.

Llegó por fin a su destino no planeado. Le gustaba aquel banco, siempre pensaba que podría pasarse la vida allí sentada, sin nada más que los acordes que susurraban a sus oídos, viendo a la gente pasar, corriendo, paseando… inventando historias acerca de sus vidas, en ocasiones tristes, pero mayoritariamente felices.

Sonreía, durante todo el tiempo. Se sentía bien allí. Lejos… en su lugar preferido.

Empezó a anochecer, era hora de volver a aquel piso, todavía desconocido. El calor del “hogar”  comenzó a descongelar sus pensamientos más profundos. Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos olivados. Después de su té, se metió en cama y se odió como cada noche. Odió no ser capaz de olvidar solo por momentos. Odió no cumplir sus expectativas. Odió no ser capaz de engañarse.

Los párpados fueron cediendo poco a poco al sueño. Aunque en esos momentos parecía que la tristeza no la dejaría dormir, el cansancio siempre podía con ella. Al día siguiente se despertó antes de lo habitual, parecía que su subconsciente sabía que era un día diferente. El sol todavía no se dejaba notar y la ventana estaba empañada por el frío de fuera. Comenzó su día como los demás. Fue a la ducha, dejó que el agua hirviendo quemara su piel hasta que tornaba a un color rojo pálido y le empezara a doler. Preparó un café y cogió su bote. Estaba vacío. Se habían acabado. No pasaba nada, el frío le ayudaría. De nuevo, se puso el gorro, se colgó las llaves y puso la música en sus oídos. Cogió la bolsita y salió. La oscuridad todavía era total. El frío hacía que le dolieran los huesos. Pero algo era diferente. No consiguió evadirse. Le había faltado algo, y no podían haber sido ellas. Era el frío quién la salvaba de sus pesadillas. No ellas… No era capaz de olvidar, caminaba por Madrid. Era un camino diferente, como cada día de estos dos meses. 

Empezó a correr. Se sintió asustada de sí misma. Las lágrimas luchaban con sus ojos por salir.  El corazón seguía encogido dentro de su pecho. Corrió más rápido. Necesitaba escapar. El aire empezaba a no llegarle. No estaba acostumbrada. Dejó que poco a poco, el aire se esfumara. Pero no podía más. Continúo caminando hasta que fue capaz de volver a correr.

El sol empezó a salir, y las farolas se apagaron. Como cada día, puntual llegó a su banco. Estaba cansada. Respiraba entrecortadamente. Se sentó. La música le hacía doler la cabeza. ¿Qué pasaba? Era su lugar. Siempre se había sentido bien allí. Se sacó los cascos y por primera vez escuchó el sonido que el guitarrista hacía salir de las cuerdas del instrumento. Solía imaginar que la música que sonaba en su cabeza era la que él tocaba. Se tranquilizó, le gustaba aquel sonido y además era muy relajante. Todavía no podía respirar con tranquilidad así que cerró los ojos. El aire frío entraba por su boca  y  le hacía daño. La música le ayudó a devolver la normalidad a sus pulmones. Entonces notó una presencia sentándose a su lado. La guitarra había parado. Abrió los ojos y el hombre estaba allí sentado. Empezó a tocar.
Nunca antes había escuchado aquella melodía, pero le resultaba familiar. Por primera vez él empezó a cantar. Su canción hablaba sobre una chica sentada diariamente en un banco, desde hacía meses. Llegaba siempre puntualmente a las diez, con una falsa sonrisa que pocas personas podían averiguar. Ella estaba evadida de la realidad. Creía que era feliz pero sus ojos cansados y en ocasiones rojos desvelaban sus llantos.

En cuanto terminó la canción la cogió de la mano, congelada por el frío de aquella mañana diferente, se acercó y le dijo al oído:

“Tranquila, no todo es tan triste como crees. Se han acabado, pero no las necesitas. Verás cómo no está tan mal. Es hora de que vuelvas a la realidad.”

viernes, 17 de febrero de 2012

Lágrimas de cocodrilo.


Ese olor que me llega desde fuera. Viajo a un pasado, que ya suena lejano. Me acuerdo de cuando traía esas amarillas flores. Siempre en esta época estaban allí, en su jarroncito, dando un olor dulce a toda la casa. Echo de menos esos tiempos.

Echo de menos que los problemas se hicieran pequeños sólo con hablar de ellos. Echo de menos poder contárselos.  Sus consejos.

“-La vida da demasiadas vueltas para que te bajes, el camino es difícil pero entretenido - me dijo mientas secaba la lágrima que resbalaba por mi mejilla.- Es una montaña rusa, sí. Pero a ti siempre te han gustado.
-Pero esta montaña rusa empieza a asustarme. Tengo miedo de las pendientes, de que una viga rompa y todo se derrumbe.
-¿A caso no tenías miedo siempre en las colas?-ríe.- El miedo es lo que las hace interesantes. El miedo es el que hace que puedas tomar decisiones, que tengas que arriesgarte. Arriésgate, hija mía. Cuando quieres algo tienes que luchar por ello. Pero no te olvides de asegurarte de qué es aquello que quieres. Ten cuidado, lo que creemos querer, no siempre es lo que queremos.”

viernes, 30 de diciembre de 2011

Autocrítica.


-Estoy a un día y unas horas de decirte adiós,  de decir “HOLA” a las nuevas experiencias, de recordar las sonrisas, y ¿por qué no? También las lágrimas. De seguir a delante, de no ahogarme pese a las olas, de dar gracias... 

-¿Y por qué?  Se acaba, sí… Pero ¿Es esto un final? ¿Tengo que esperar 365 días para dar las gracias? No. ¿Tengo que esperar 365 para recordar cada momento que me ilusionó, cada momento que me dolió? No.

-¿Y acaso no es un buen momento?

-No sé que decir.

-¿Cuándo lo es entonces?

-Cada día, cada mañana, cuándo te levantas… Es ahí cuando debes de acordarte de que ayer sonreías, y volver a hacerlo. Es, cuando un golpe te dobla la espalda, te deja sin respiración. Cuándo las lágrimas más tristes bañan tus ojos. Es cada día, que a  toda esa gente de la que ahora hablas,  les tienes que dar las gracias, cada momento en los que te necesiten, brindándoles tu ayuda.
Qué sí, está bien acordarse un día de toda esa gente. Es bonito, pero no te excedas. Quiérelos cada día, y esa será la mayor recompensa por estar a tu lado.
No está bien que sólo tengamos en la memoria a los queremos una vez al año. Yo los quiero hoy, los quise ayer, y los querré mañana.

-¿Ya estás tú también con la moda de odiar la Navidad, de qué todo es falsedad…?

-¡NO! No odio la Navidad, no creo que sea falso, pero si odio que haga falta que sea Navidad para que te acuerdes de mí. 

jueves, 29 de diciembre de 2011

29.

Aunque ya hace que te has marchado, sé que sigues aquí, en la parte izquierda de mi pecho.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Tick-Tack


El tiempo es algo que a todos nos corresponde pasar, es una lucha constante por sobrevivir.
Ahora, vete.
 Hoy, no puedo seguirte en tu viaje

viernes, 16 de diciembre de 2011

Noches frías.


-Me sentí diferente, ya no notaba mi cuerpo, el frío lo había congelado demasiado. Sólo era capaz de captar lo que mi mente decía. Me gustaba esa sensación y me dejé llevar. Dejé de existir por unos instantes y me convertí en una mente, sin nada más. Fue en ese momento, cuando el frío asfixió cada una de mis células que sentí la felicidad

-Pero...¿qué me intentas decir? Empiezo a asustarme. 

-No te asustes, no hablo del suicido, hablo de una sensación diferente a la vida, pero no de la muerte. En ese momento sentí que podía volar y llegar a la cima de la catedral, mi cuerpo no pesaba, y mis ideas eran tan frágiles... ¿Sabes? Entendí muchas cosas, atendí soloamente a eso, a entender, y llegué a comprender que soy feliz. Que la vida es bonita de lo que creemos, no todo es odio.

-Yo no lo creo así...
 
-¿No? Damos demasiada importancia a los sentimientos y son mucho más simples de lo que creemos. No creo que llegues a entenderme...

-Inténtalo.

-Pues bien, solemos preocuparnos demasiado, nos atormentamos porque hacemos daño y lloramos porque nos los hacen a nosotros.
Te voy a decir una cosa, si haces daño, pocas veces lo harás de verdad, pocas veces lo harás intentando buscar la infelicidad de otra persona. Si te hacen daño, pocas veces lo harán porque te desean algún mal. Quiero decir con esto, que acostumbramos a buscar aquello que nos duele, somos nosotros mismos quienes nos hacemos daño. Sé que decirlo parece muy fácil, y siempre llevarlo a la práctica se complica más, pero, dime ¿acaso no piensas cómo yo?
 
-No lo sé... es complicado.

-Claro que lo es, no hay nada fácil en la vida. Intenta buscar la parte positiva de las cosas que te pasan, y ponerte en el lugar de aquellos que te rodean.
Por eso, te repito que, cuando el frío recorrió cada parte de mi cuerpo, doliéndome, entonces, conseguí ser feliz.